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Voces que acompañan

El arte de maternarse a uno mismo /a: cómo abrazar la vulnerabilidad y sanar tu infancia

Por Psic. Kimberlyn· 14 de abril, 2026· 7 min lectura
El arte de maternarse a uno mismo /a: cómo abrazar la vulnerabilidad y sanar tu infancia

Hay días en los que, sin razón aparente, aparece una sensación de desprotección que no logramos explicar con nuestra agenda de adultos/as. Es un cansancio que no se cura durmiendo, o una urgencia de recibir sostén que no encaja con nuestra independencia actual. Esa voz que susurra bajito no es nuestra versión de treinta o cuarenta años; es la memoria de quienes fuimos, esperando un gesto que quizás no llegó como lo necesitábamos.

Durante mucho tiempo, creímos que crecer era dejar atrás a ese niño o esa niña, cerrando la puerta de la habitación infantil para convertirnos en personas funcionales. Pero la realidad es que esa infancia habita en nuestra cotidianidad, grabada en la piel y en la forma en que reaccionamos al estrés, al amor o al silencio.

Maternarse a uno mismo es, en esencia, la capacidad de convertirnos en esa figura adulta que necesitábamos cuando éramos pequeños/as. El concepto de automaternaje o reparenting, fue popularizado en la psicología por autoras como Alice Miller y surge de la idea de que, si bien no podemos cambiar nuestra crianza, sí podemos asumir la tutoría emocional de nuestra propia vida. Es un proceso de sanación emocional donde aprendemos a identificar nuestras necesidades desatendidas y nos damos permiso de satisfacerlas con la paciencia y el amor propio que un cuidado consciente ofrecería a un niño o niña. Aprender a maternarnos no es un acto de rebeldía contra nuestro pasado, sino un acto de profunda responsabilidad con nuestro presente.

Cómo la sanación emocional se vive en lo cotidiano

Ese espejo mutuo con mi hermana nos ha enseñado que la sanación emocional no siempre ocurre en grandes epifanías, sino en los detalles más pequeños del día a día. Maternarnos es también aprender a hacernos las preguntas correctas. Ahora, en lugar de cuestionar nuestra productividad, nos preguntamos con ternura: «¿Comiste? ¿Pudiste descansar?».

EL arte de marternarse a uno mismo

En esas palabras no hay control, ni juicio; hay un cuidado personal emocional genuino que reconoce nuestra vulnerabilidad. Hemos entendido que elegir alimentos que nos nutren o decidir apagar las pantallas temprano para que el sueño sea un refugio, y no un simple desmayo por agotamiento, son actos de amor profundo hacia nuestra historia.

Transformar el diálogo interno: Del juicio a la autocompasión

Quizás el desafío más grande ha sido transformar nuestro diálogo interno. Es tan fácil caer en la dureza cuando algo no sale como esperábamos. Por eso, cuando escucho a mi hermana juzgarse, o cuando ella me escucha a mí, aparece esa voz reguladora que nos ancla: «Revisa la forma en la que te hablas… ¿así le hablarías a la niña que fuiste?».

Esta simple invitación nos obliga a bajar la guardia. Como sugiere Daniel Siegel en sus estudios sobre la regulación emocional, la forma en que nos narramos nuestra propia vida tiene el poder de cambiar nuestra estructura cerebral. Al cambiar el «debería haberlo hecho mejor» por un «estoy aprendiendo a sostenerme», le damos a nuestra niña interior la seguridad que necesita para florecer.

La memoria emocional que el cuerpo guarda

Es vital darnos permiso para sentir este deseo de cuidado; no como una debilidad que esconder, sino como una necesidad esencial para poder seguir caminando. Como explica el psiquiatra Bessel van der Kolk, nuestro cuerpo lleva la cuenta de todo lo que hemos vivido. Las tensiones en los hilos de nuestros hombros o ese nudo en el estómago ante un conflicto son a menudo ecos de patrones de la infancia que se quedaron sin procesar. Cuando el entorno original no pudo ofrecernos toda la regulación necesaria, nuestro sistema nervioso aprendió a sobrevivir, pero no siempre a descansar.

Sanar la infancia hoy significa ofrecerle a nuestra biología la seguridad que antes faltó. No se trata de cambiar el pasado, eso es imposible, sino de cambiar la forma en que el pasado vive en nuestra piel hoy. Al elegir tratarnos con ternura, enviamos una señal directa a nuestro cerebro: aquí y ahora, estás a salvo.

De la exigencia a la compasión en los vínculos familiares

A menudo, al mirar atrás, sentimos la tentación de buscar culpables. Sin embargo, en el camino de reparación del vínculo interno, aprendemos que mirar a nuestras figuras de cuidado con humanidad también es parte de nuestra propia liberación. Nos dieron lo que tenían en su propia «mochila» emocional, a veces llena de sus propios silencios y carencias.

Maternarse a uno mismo

Al decidir maternarnos a nosotras/os mismas/os, dejamos de esperar que otras personas llenen esos vacíos. Asumimos la tarea de ser quienes nos arropen, quienes validen nuestra tristeza y celebren nuestros logros, por pequeños que parezcan. Es una forma de sanación relacional que nos permite estar con los demás desde la plenitud y no desde la carencia. No esperamos que alguien nos «salve», porque ya hemos aprendido a sostener nuestra propia mano.

La vulnerabilidad emocional como brújula de sanación

Abrazar nuestra vulnerabilidad emocional es, paradójicamente, lo que nos hace más fuertes. Reconocer que tenemos miedo, que el cansancio nos pesa o que necesitamos un abrazo es el primer paso para una vida más auténtica. La memoria emocional no tiene que ser una carga, puede ser una brújula que nos indique dónde necesitamos poner un poco más de luz y de cuidado.

Cuando somos capaces de decirnos: «Está bien sentirte así, yo estoy contigo», estamos rompiendo ciclos generacionales de frialdad y exigencia. Estamos creando una nueva herencia de autocompasión.

Un ejercicio práctico: El eco de la compasión para sanar tu niña interior

Esta semana, te invito a realizar un pequeño ejercicio de presencia. Puedes hacerlo frente a un espejo para sostenerte la mirada, o simplemente en un momento de calma contigo:

  1. El puente hacia tu infancia: Cierra los ojos por un instante y visualiza una imagen tuya de cuando tenías cinco o seis años. Mira esa versión tuya a los ojos, observa su fragilidad, su derecho a ser cuidada y su asombro ante el mundo.
  2. Identifica el juicio: Ahora, trae a tu mente esa crítica feroz que te has dicho hoy por no haber sido «suficiente». Ponla frente a esa imagen de tu infancia.
  3. La pregunta sanadora: ¿Serías capaz de decirle esas mismas palabras hirientes a esa niña o niño que fuiste? Probablemente, el solo pensarlo te genere el deseo de protegerlo/a.
  4. Cambia el tono: Usa ese mismo impulso protector para hablarte hoy. Sustituye el juicio por una frase de suficiencia que te dé paz: «Hiciste lo que pudiste con los recursos que tenías. Está bien descansar, yo estoy aquí para cuidarte».

Maternarte a ti misma es, al final, aprender que no necesitamos la perfección para ser dignos/as de nuestro propio amor.

¿Cuál es ese juicio que hoy estás listo/a para soltar y transformar en un gesto de cuidado?

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Por:

Kimberlyn Hermoso

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