Sociología · Literatura · Reflexión kariangelysescribe.com
Salud Mental y Sociedad

La queja como respuesta al hedonismo de la inmediatez

Por Kariangelys.escribe· 21 de abril, 2026· 7 min lectura

Hace unos años, en pleno proceso migratorio note una constante en la nueva sociedad en donde estaba intentando adaptarme, por aquel tiempo escribí este texto y lo deje en el aire. Hoy lo recuerdo y me alegra tener la posibilidad de retomarlo, no era una crítica a dicha sociedad, era una forma de intentar comprender y discernir si era un aspecto que debía integrar en la nueva identidad que estaba construyendo post-migración. Los hallazgos me siguen pareciendo fascinantes y quisiera compartir una vez mas para que ustedes saquen sus propias conclusiones. Hay una sustancia que recorre tu cuerpo cada vez que algo no sale como esperabas. Se llama cortisol. Y no distingue si el peligro es real o imaginario. No distingue si estás huyendo de un depredador o simplemente atrapado en el tráfico, maldiciendo en silencio. Para tu cerebro, ambas situaciones activan la misma alarma de emergencia.

Vivimos en una sociedad acelerada donde la inmediatez lo es todo. Gracias a la tecnología y la globalización, el acceso al placer nunca ha sido tan veloz, tan fácil, tan constante. Pero esa misma velocidad tiene un precio silencioso: la insatisfacción crónica. Y con ella, su acompañante más fiel: la queja.

«La queja es la verbalización de la insatisfacción, con el propósito de desahogarnos emocionalmente o lograr un objetivo personal, interpersonal o ambos.» — R. M. Kowalski, 1996


Esta definición nos revela algo importante: quejarse no es un defecto de carácter. Es una respuesta humana perfectamente lógica ante la ruptura del placer. Nacemos buscando bienestar. Todo lo que lo interrumpe genera un malestar que necesita una salida. La queja es esa salida.

Filósofos, activistas y emprendedores lo han entendido desde siempre. Quienes se dedican a los negocios construyeron imperios escuchando quejas. Los movimientos sociales más importantes de la historia comenzaron como quejas colectivas, desacuerdos ciudadanos que fueron politizados y se convirtieron en conquistas de derechos civiles. Incluso en el mundo espiritual, la queja tiene su lugar: el precepto de que «la queja trae ruina» es en sí mismo un producto motivacional que se vende a millones de seguidores.


No todas las quejas son iguales

Existe una diferencia profunda entre quejarse del retraso de dos minutos de un tren y quejarse de vivir semanas sin agua potable. Esta distinción no busca minimizar ninguna insatisfacción, sino reconocer algo fundamental: el contexto geográfico, cultural y socioeconómico define el mapa de nuestras quejas.

Durante años en Suramérica, las quejas más comunes giraban en torno a lo básico: electricidad, agua, seguridad, salud. Derechos que deberían ser garantizados y no lo son. Al cambiar de geografía, ese mapa se transforma radicalmente. Las quejas se reducen al calor del verano, al excesivo frío del invierno, a dos minutos de retraso del tren.

El ideal no es solo reducir la queja diaria en todas las sociedades. Es que aquellas con contextos más desfavorables algún día conozcan una realidad donde su mayor insatisfacción sea el calor del verano —y nunca más sobrevivir sin agua o sin alimentos básicos.


Lo que la neurociencia descubrió sobre quejarse

Epicuro lo intuyó hace más de dos mil años: donde existe placer, no hay dolor ni pena. La ciencia moderna encontró el mecanismo detrás de esa intuición: la dopamina. A mayor disponibilidad de este neurotransmisor —el mensajero del placer—, menor tolerancia a la frustración. Y menor tolerancia significa más queja ante cualquier interrupción del bienestar.

Investigadores de la Universidad de Stanford estudiaron qué le ocurre al cerebro cuando estamos expuestos al estrés de quejarnos —o de escuchar quejas— de forma sostenida. Los resultados son perturbadores.

Vivimos corriendo detrás del placer. Y cuando algo lo interrumpe, activamos sin pensarlo uno de los mecanismos más antiguos del ser humano. Pero, ¿qué le hace realmente a tu cerebro quejarte todos los días? ¿Y que relación tiene con el hedonismo?
  • El hipocampo se ve comprometido. Las funciones cognitivas ligadas a la inteligencia, resolución de conflictos y toma de decisiones se ven directamente afectadas. A veces nos cuesta más de lo normal tomar decisiones rápidas, comprender tareas laborales o académicas con facilidad, incluso nuestra capacidad de análisis se reduce.
  • Los patrones negativos se refuerzan. Entrenamos a nuestras neuronas para detectar cada vez más razones para quejarse, ignorando sistemáticamente los aspectos positivos que existen incluso en los momentos de adversidad.
  • Las habilidades sociales disminuyen. Con la alteración de la bioquímica cerebral podemos estar más enfadados, intolerantes y agotados, con menos posibilidades de empatizar con quienes nos rodean.
  • El cuerpo responde físicamente. Aumento de presión arterial, frecuencia cardíaca y tensión muscular. A mayor cantidad de cortisol, mayor posibilidad de sentirnos fatigados y exhaustos durante el día.

Algo más sorprendente: estos efectos no se limitan a quien se queja. Estar expuesto a apenas treinta minutos de quejas al día —sin importar si vienen de desconocidos o de personas cercanas— produce los mismos procesos neuroquímicos en quien escucha.

La razón es elegante en su brutalidad: el cerebro no distingue entre lo real y lo imaginario. Quejarnos le ordena al cerebro que permanezca en alerta. Y el cuerpo obedece, aunque el peligro no exista.

«Si la queja constante crea patrones neuronales que solo detectan lo negativo, podemos usar ese mismo proceso para crear patrones que nos permitan disfrutar incluso en la adversidad.» — Kariangelys Escribe


¿Hay una forma de quejarse bien?

Sí. Y aquí viene la parte que más me interesa compartirte.

Quejarse de forma consciente puede ser una herramienta poderosa de autoconocimiento. Nos muestra qué nos duele, qué valoramos, dónde están nuestros límites. El problema no es la queja en sí misma. El problema es la queja sin dirección, sin propósito, sin destino.

01 — Canaliza la queja hacia quien puede resolverla

Si se trata de un servicio, usa los canales formales: buzones de sugerencias, formularios de atención al cliente. Describe qué ocurrió, cómo te afectó y, si puedes, propón una solución. Esto aplica también a contextos políticos y laborales. El resultado de sentirte escuchado también regula el cortisol y estimula los neurotransmisores del bienestar.

02 — Aplica la Técnica del Sándwich en relaciones personales

Adaptada de Marshall Goldsmith: expresa lo positivo, luego la queja concreta, y cierra con otro punto positivo. El objetivo no es suavizar la crítica, sino comunicarla sin generar defensividad. En parejas, amistades y familia, una queja comunicada a tiempo —con respeto y asertividad— puede fortalecer el vínculo en lugar de erosionarlo.

03 — Practica la gratitud como entrenamiento neuronal

No como ejercicio espiritual obligatorio, sino como bioquímica consciente. La investigación de Emmons y McCullough demostró que enumerar bendiciones regularmente tiene beneficios emocionales e interpersonales medibles. Diez cosas al despertar. Diez al dormir. No importa si las diriges a un dios, al universo o simplemente a la vida. Lo que importa es que sean genuinas y que al recordarlas te generen bienestar real.


«No es lo que te pasa, sino cómo reaccionas a lo que te pasa.»

Epicteto

Esta enseñanza estoica resume algo que la neurociencia confirma hoy con datos: si la queja constante crea patrones neuronales que solo detectan lo negativo, también podemos usar ese mismo proceso bioquímico para crear patrones que nos permitan disfrutar —incluso en la adversidad— los aspectos positivos de nuestra vida.

No se trata de alcanzar la ataraxia perfecta de Epicuro ni el nirvana budista. Se trata de algo más humano y alcanzable: el equilibrio entre el placer que buscamos y la insatisfacción que inevitablemente llega.

Lo que estás haciendo con lo que te sucede —¿te perjudica o te beneficia?


Referencias bibliográficas

Emmons, R., & McCullough, M. (2003). Counting Blessings Versus Burdens. Journal of Personality and Social Psychology, 84(2), 377–389.

Panzarella, Á. E., et al. (2016). The neuroscience of human social complaining. PLOS ONE, 11(5), 1–12.

Kowalski, R. M. (1996). Complaints and complaining: Functions, antecedents, and consequences. Psychological Bulletin, 119(2), 179–196.

Kowalski, R. M., & Cantrell, C. C. (2002). Intrapersonal and interpersonal consequences of complaints. Representative Research in Social Psychology, 26, 26–33.

Descubre más desde Kariangelys Escribe

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo