25 de Abril: La fascinante Revolución de los Claveles en Portugal, que me recuerda el anhelo de libertad venezolano

Hace cuatro años, cuando aterricé en Portugal, algo me llamó poderosamente la atención: la pasión con la que se celebra el 25 de Abril. Confieso que al principio me resultaba extraño, casi ajeno. Inevitablemente —y para mi suerte— crecí en una familia donde la política era un tema diario en la mesa, así que tarde o temprano los feriados políticos de la cultura que me acogió serian parte importante de mi propio proceso de adaptación. Cuando empecé a investigar aquella fiesta, la primera impresión fue de recelo.
Viniendo de Venezuela, con estrés post traumático y ansiedad a flor de piel, cualquier sombra que se pareciera al comunismo generaba en mí una aversión casi instintiva. Sin embargo, la alegría desbordante del pueblo, desde los jóvenes que nunca vivieron la dictadura hasta los ancianos que aún recuerdan el silencio forzado y cargan las consecuencias en sus memorias, me motivó a ir más allá.
Y fue entonces cuando la historia me atrapó, sumergiéndome en los episodios dictatoriales de varios países del mundo en aquel momento y en el complejo contexto global de la época.
Dictaduras en Paralelo: Un Vistazo al Mundo de la Guerra Fría
Para comprender la Revolución de los Claveles, es crucial situarnos en el mapa geopolítico de mediados del siglo XX. Portugal vivía bajo el Estado Novo de António de Oliveira Salazar, una de las dictaduras más longevas de Europa (1926–1974). Pero no estaba solo en este panorama autoritario. España sufría el Franquismo; Italia había superado recientemente el Fascismo de Mussolini; y en América Latina, los regímenes militares y autocráticos eran una constante. Pienso en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela (1952–1958), o en la sombra de la Operación Cóndor que se cerniría sobre países como Chile, Argentina y Brasil, apoyando regímenes represivos en nombre de la lucha anticomunista.
¿Sería todo esto una mera coincidencia? En el contexto de la Guerra Fría, la lucha entre el bloque capitalista liderado por Estados Unidos y el bloque comunista de la Unión Soviética convertía cada nación en ficha de un tablero global. Estados Unidos, en su afán por contener el comunismo, apoyaba dictaduras de derecha, generando una compleja red de influencias. En Portugal, el Partido Comunista Portugués (PCP) jugó un papel significativo en la resistencia y en el proceso revolucionario del 25 de Abril.
Sin embargo, lo que hace a la Revolución de los Claveles tan única y conmovedora es su simbolismo. El clavel rojo, colocado en las bocas de los fusiles por Celeste Caeiro, transformó lo que pudo haber sido un baño de sangre en un himno a la paz y a la dignidad. Es el anhelo universal de salir de la opresión con flores y sin muertos: un deseo que resuena profundamente en mi alma venezolana.

El Paradigma del «Progreso» vs. la Esencia de la Libertad
Aquí llegamos a uno de los debates más incómodos de la historia política: el de los dictadores que construyen y logran desarrollo.
Un dato curioso —y a menudo polémico— es cómo figuras como Salazar en Portugal y Pérez Jiménez en Venezuela son recordadas con cierta nostalgia por algunos sectores. Ambos gobiernos, a pesar de su carácter dictatorial, impulsaron avances significativos en infraestructura y desarrollo económico. Salazar es asociado con estabilidad fiscal y la construcción de obras públicas; Pérez Jiménez, con la transformación de Caracas en una metrópolis moderna, llena de autopistas y edificios imponentes.
Pero aquí reside la pregunta que invita a la reflexión más honesta: ¿cederías tu libertad a cambio de seguridad, desarrollo y educación garantizados? ¿Aceptarías no poder disentir, no poder elegir a tus gobernantes, no poder expresarte libremente… a cambio de calles seguras, hospitales funcionando y trabajo estable?
Kariangelys Escribe
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que millones de personas, a lo largo de la historia, han respondido con sus cuerpos y sus votos. Y es también la que hoy, en distintas formas y latitudes, seguimos respondiendo sin siquiera darnos cuenta.
La historia nos enseña que el progreso material sin libertad es una jaula de oro. Las autopistas son reales. El silencio también.
Y aquí es donde Jean-Jacques Rousseau nos ofrece (hace varios siglos) un marco esclarecedor. En El contrato social (1762), Rousseau plantea que las sociedades se fundan sobre un pacto: los individuos ceden parte de su libertad natural al Estado a cambio de protección, orden y bienestar colectivo. La soberanía, insiste Rousseau, no pertenece al gobernante sino al pueblo; el Estado solo existe para servir a la voluntad general. Eso es, en esencia, lo que justifica toda forma de gobierno.
Pero entonces la pregunta se vuelve incómoda de un modo muy concreto: ¿no estaban cumpliendo esas dictaduras, en cierta medida, con las condiciones del contrato? Salazar construyó infraestructura. Pérez Jiménez entregó hospitales, carreteras y vivienda. El Estado proveía, en términos materiales, lo que muchas democracias contemporáneas no garantizan. ¿Acaso el pueblo no recibía, a cambio del silencio y la libertad, algo tangible?
La respuesta de Rousseau sería rotunda: no. Porque el contrato social no es un trueque de libertad por cemento. Es un pacto entre iguales que delegan poder temporalmente, con derecho a recuperarlo. Una dictadura no celebra ese contrato: lo anula. El pueblo no cede libremente; se le arrebata la voz antes de que pueda usarla. Y sin la posibilidad de disentir, de revocar, de elegir, no hay contrato. Hay sometimiento con infraestructura encima.
Lo que sí nos deja Rousseau es una pregunta que apunta hacia el presente: si esas garantías —seguridad, salud, educación, desarrollo— son las condiciones mínimas que el Estado debe proveer a cambio de la cesión de derechos, ¿cómo están cumpliendo hoy las democracias con su parte del trato? Porque cuando una «democracia» deja sin atención médica a sus ciudadanos, cuando permite que la desigualdad destruya la movilidad social, cuando la corrupción vacía las instituciones de contenido real, también está quebrando el contrato. Solo que lo hace con elecciones (con dudosos resultados si los poderes fueron acaparados por la contienda política) cada cuatro años como decorado.
Por eso, tal vez la diferencia entre una dictadura eficiente y una democracia fallida no es solo moral: es estructural. La democracia preserva el mecanismo para corregirse. La dictadura lo elimina. Pero esa diferencia solo importa si el mecanismo funciona. Y esa es la pregunta que cada ciudadano, en cualquier rincón, debería hacerse antes de dar su sistema por garantizado.

Tres Dimensiones de la Libertad: Filosofía para Entender lo que se Pierde
Para comprender por qué la libertad no es un lujo sino una necesidad existencial y porque fue tan relevador para mi unirme las celebraciones del 25 de abril en Portugal, necesitamos ir a las raíces filosóficas del concepto.
Aristóteles fue uno de los primeros en articular que la libertad no consiste simplemente en hacer lo que uno quiere, sino en la capacidad de elegir racionalmente conforme a la virtud y al bien común. Para Aristóteles, el ser humano es un zōon politikon, un animal político, un ser social por naturaleza, cuya plena realización solo es posible en comunidad y en libertad. Elegir con razón, deliberar, participar de la vida pública: eso es lo que distingue al ciudadano libre del esclavo o del súbdito.
Siglos después, Isaiah Berlin introdujo la distinción entre libertad negativa: la ausencia de obstáculos externos, de coerción y libertad positiva, la capacidad de ser dueño de uno mismo, de dirigir la propia vida con autonomía real. No basta con que nadie te prohíba hablar si el hambre te calla. No basta con que la ley no te persiga si el miedo te paraliza.
Estas tres dimensiones: la capacidad de elegir racionalmente, la ausencia de coerción y la autonomía real, forman la arquitectura completa de una vida libre. Y es precisamente cuando las tres se desmoronan a la vez cuando comprendemos, en el cuerpo, qué significa perder la libertad.
La Deshumanización: Cuando el Petróleo Vale más que la Vida
Es aquí donde la reflexión se vuelve urgente y dolorosa. Cuando hablamos de libertad en el contexto venezolano, no hablamos de exclusivamente de un concepto filosófico etéreo: hablamos de la libertad para sobrevivir. Perdimos la libertad hasta para comer, para sanar, para existir. El 3 de enero el mundo entero puso sus ojos y preocupación en el petróleo venezolano, en las cuotas de producción y en los precios del barril. Pero en ese cálculo geopolítico se olvida que la vida humana es infinitamente más valiosa que cualquier reserva de crudo.
Dentro del territorio venezolano, durante decadas nuestra realidad se mide en estadísticas de horror:
- Violencia Desatada: Venezuela ha cerrado años recientes con tasas de muertes violentas que superan los 9.000 casos anuales, donde los homicidios por delincuencia común son solo la punta del iceberg de un tejido social fracturado.
- Colapso Sanitario: La Encuesta Nacional de Hospitales ha reportado desabastecimientos de insumos de emergencia que superan el 36%, dejando a pacientes crónicos y niños en una vulnerabilidad absoluta.
- Mortalidad Silenciosa: El incremento de enfermedades crónicas no tratadas y la reaparición de patologías erradicadas son el testimonio de un sistema de salud que ha dejado de proteger la vida para convertirse en un registro de ausencias.
Sociológicamente, esto es la deshumanización sistémica. Se priorizo el control político sobre la preservación del capital más valioso de una nación: su gente. Y ante el ineludible colapso que esto representa, nos toco a millones de venezolanos emigrar.
Cuando el instinto reemplaza la razón
Y si, como revisamos Aristóteles decía que la libertad plena se ejerce cuando podemos elegir racionalmente, cuando podemos deliberar sobre nuestro futuro y actuar conforme a ese juicio. Pero en Venezuela esa capacidad fue sistemáticamente erosionada. No porque la gente dejara de pensar, sino porque el entorno la obligó a funcionar en modo instintivo: ¿hay agua hoy? ¿Consigo comida?, ¿Puedo llegar a casa sin que me pase algo?, ¿Cuál es el próximo familiar que se va del país o que va a morir?
Cuando la energía cognitiva y emocional se consume entera en la supervivencia inmediata, no queda espacio para la deliberación política, para el proyecto de vida, para el ejercicio pleno de la ciudadanía. No es una falla de las personas. Es el efecto calculado de un sistema que prefiere súbditos exhaustos a ciudadanos deliberantes.
Y sin embargo, algo extraordinario emergió en ese contexto: la colectividad como escudo. La red de vecinos que avisaban cuándo había gas. Los apoyos comunitarias. Los grupos de madres que se turnaban para conseguir medicamentos o leche. Las cadenas de mensajes con información sobre dónde comprar o cómo escapar de una situación de peligro. En la más profunda negación de la libertad individual, los venezolanos construimos una forma de libertad colectiva: la del que no sobrevive solo porque no deja solo al otro.
Esa solidaridad, ese sentido de comunidad que nos salvó muchas veces, no es solo un rasgo cultural. Es, en términos aristotélicos, la expresión más genuina de nuestra naturaleza política: somos seres que nos realizamos en comunidad, incluso, cuando el Estado nos ha abandonado.
La Libertad: Un Grito Existencial desde la Migración

Yo no sabía, cuando emigré, que necesitaba tanto la libertad. No le había dado ese nombre. Solo cuando viví el contraste, cuando sentí el aire de Portugal, me di cuenta de que la libertad es el oxígeno de la existencia y un poco de aliento para la cordura.
En Venezuela, la falta de libertad se traduce en la incapacidad de proyectar un futuro. Cuando anulan la capacidad de sanar o alimentarte, anulan tu humanidad. Cuando te obliga a funcionar por instinto de supervivencia día a día, anula tu condición de ciudadano deliberante. Cuando decides irte, no estás eligiendo la comodidad: estás eligiendo recuperar la posibilidad de ser humano en su plenitud.
Y aquí emerge la segunda pregunta que incomoda, la que todos deberíamos hacernos, sin importar desde qué país la leemos:
¿Cederías la posibilidad de vivir en tu propio país, junto a tu familia y a todo lo que conoces, a cambio de libertad, seguridad y oportunidades reales?
Kariangelys Escribe
Nadie elige el exilio con ligereza. Nadie abandona su idioma, su clima, sus muertos, sus recetas, sus afectos sin que algo dentro se rompa para siempre. El migrante no huye de su patria: huye de la versión de su patria que le niega la vida, esa versión puede y es muchas veces política, económica, psicológica e incluso familiar, pero todas son validas y respetables. Y esa distinción importa, porque humaniza una decisión que demasiadas veces se reduce a un dato estadístico o a un debate de política migratoria.
Reflexionar sobre estas preguntas no es solo un ejercicio de empatía con quienes han tenido que elegir. Es una invitación a revisar nuestra propia historia como nación, como sociedad, como humanidad compartida. Porque ningún país es inmune. Porque la democracia no es un estado permanente: es una conquista cotidiana. Y porque, como demostró el 25 de Abril en Portugal, basta una noche y flores en los fusiles para que todo cambie.
Un Deseo con Forma de Clavel
Por eso celebro el 25 de Abril. Porque me recuerda la libertad que me regaló Portugal, y que otros países han ofrecido a más de 7 millones de venezolanos. Libertad para vivir sin miedo, para opinar sin represalias, para trabajar y construir. Libertad para ser. Libertad para amar, para ayudar y para confiar. Libertad para detenerme, para llorar y parar. Una libertad que aprecio y agradezco.

Cada vez que veo los fuegos artificiales sobre el cielo portugués, cierro los ojos y deseo el día en que tengamos una fiesta así en Venezuela. Una fiesta donde la vida valga más que el petróleo. Donde la libertad no sea una conquista de otros que admiramos desde lejos, sino nuestro pan de cada día.
Donde podamos elegir, racionalmente, libremente, sin miedo, quiénes queremos ser.
Por:
Kariangelys Escribe
Me encantaría leerte en los comentarios.
Referencias
- Wikipedia. Revolución de los Claveles.
- El Orden Mundial – EOM. (2024). ¿Qué fue la Revolución de los Claveles?
- Marcos Pérez Jiménez. Obras de Infraestructura.
- Berlin, I. (1958). Two Concepts of Liberty.
- Rousseau, J.-J. (1762). Du Contrat Social. (trad. Mauro Armiño). Alianza Editorial.
- Aristóteles. Política (trad. García Valdés). Gredos.
- Observatorio Venezolano de Violencia (OVV). Informes Anuales de Violencia.
- Encuesta Nacional de Hospitales (ENH). Reportes de Desabastecimiento e Infraestructura.