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Hablemos del poder transformador de aceptar mientras celebro mi cumpleaños 31 y lo que la sociología —y la vida— me han enseñado

Por Kariangelys.escribe· 20 de mayo, 2026· 17 min lectura
Hablemos del poder transformador de aceptar mientras celebro mi cumpleaños 31 y lo que la sociología —y la vida— me han enseñado

La Pregunta que lo Cambia Todo: ¿Y si Aprendemos a Aceptar?

Hoy, al cumplir 31 años, una pregunta esencial resuena en mi interior, una que me ha acompañado mucho antes de poder siquiera formularla: ¿cuántas toneladas de sufrimiento nos ahorraríamos los seres humanos si, desde pequeños, alguien nos enseñara el difícil, increíble y a veces insoportable arte de aceptar?

Antes de que te sumerjas más en estas líneas, quiero aclarar algo fundamental. Sé que ese pequeño fruncimiento de ceño, esa resistencia interna, es una reacción común. Pero aceptar no es resignarse a una vida miserable. No implica convertirse en una persona apática, sin ambiciones, incapaz de luchar por lo que anhela. Aceptar no es el antónimo de cambiar, ni el sinónimo de rendirse.

He aprendido, a través de cicatrices profundas y el fascinante lente de la sociología, que la aceptación es, quizás, la capacidad más profundamente humana que podemos desarrollar. Es el respeto genuino por la forma de ser de los demás. Es el honor sincero hacia nuestras versiones pasadas que, inevitablemente, cometieron errores. Es la valentía de sentarse con el dolor sin la urgencia de escapar. Es, en última instancia, la paz que un día haremos con la propia muerte.

Créeme cuando te digo que gran parte de mi existencia la he vivido al borde del abismo, entre el optimismo mágico y las garras implacables del existencialismo filosófico. No llegué a esta reflexión desde la comodidad, sino desde el desmoronamiento más absoluto.

Cuando la Vida te Obliga a Soltar lo que Creías Ser

Nací en la puerta vibrante del llano venezolano, así que cuando me preguntan de dónde soy, la respuesta es, a la vez, complicada y hermosa. Soy llanera, oriunda de mi amada Venezuela, sí, pero algo en mí también es italiano —incluso legalmente—, también africano, también indígena (Confirmado con: MyHeritage). Soy una mezcla audaz que el eurocentrismo observa con sorpresa, con duda, a veces con una condescendencia disfrazada de curiosidad y si, muchas veces con el desprecio propio de quienes aun no aceptan la preciosa diversidad humana, genética, cultural. Durante años, esta fragmentación me confundió profundamente. Me costó años de resignificar, reconstruir, conectar y un inmenso amor propio integrar todos esos fragmentos de identidad en un ser que pudiera habitar con plena paz.

Y fue la magia de aceptar y honrar la cadena de acontecimientos que produjeron mi existencia las que hoy me invitan a abordar aquellas expresiones con humor, desde la guerra mundial hasta la migración masiva, que tal cual como una ola, en su vaivén llevó a mi abuelo al Caribe y mas de medio siglo después, —una vez mas gracias a decisiones políticas —, regresó su ADN latino a sus orígenes (o al menos cerca: a la península ibérica) mezclado con el ritmo, el sabor y la historia de la patria donde nací.

La sociología me reveló una verdad liberadora: la identidad no es una etiqueta fija que se nos adhiere al nacer. Es un proceso dinámico, una construcción constante tejida con hilos de historia, contexto, heridas, vínculos y decisiones. Cuando finalmente comprendí esto, cuando hice las paces con la ignorancia ajena y abracé con tierna compasión todo lo que me habita, algo profundo se reorganizó en mi interior. Dejé de vivir como si tuviera que elegir entre mis pedazos. Los uní. Y así, entera, irregular y plural, me vi por primera vez.

Aceptar

Derecho, la UCV y la Versión de Mí que Tuvo que Morir

Entré a estudiar Derecho en la prestigiosa Universidad Central de Venezuela sin que fuera mi primera elección. Mis sueños apuntaban con pasión a la psicología, la criminología, la sociología. Pero el sistema de cupos tiene sus propias lógicas, y Derecho se presentó como una posibilidad más. Lo acepté como destino. O eso creí.

Durante años, me aferré a esa profesion con la terquedad inquebrantable que siempre me ha definido. Intenté convencerme de que encajaba, de que lo que sentía era simplemente el peso normal del esfuerzo, de que cualquier persona inteligente y comprometida podía aprender a amar lo que estudia si se lo proponía con suficiente fuerza. La sociología me enseñaría más tarde una lección crucial: cómo el sistema nos convence de que si algo no funciona, el problema siempre somos nosotros, nuestra falta de disciplina, nuestra debilidad, nuestra insuficiencia.

Pero la verdad brutal que tardé demasiado en aceptar es que aquella carrera me estaba aplastando el alma. No era solo que no disfrutara las materias. Era que la versión de mí que intentaba sostenerse en esos pasillos universitarios no era auténtica. Estaba atrapada en una burocracia kafkiana, en estructuras que chocaban profundamente con el idealismo que me da vida, con esa necesidad visceral de que las cosas tengan sentido más allá del papel y del protocolo.

Me tomó años. Me costó un sufrimiento real, de ese que se instala en el cuerpo, y un dolor inmenso aceptar lo que en el fondo ya sabía: yo no nací para ser abogada. Y esa frase, que parece simple, fue una de las más difíciles de pronunciar en voz alta. Porque implicaba soltar una identidad, reconocer el tiempo invertido, y enfrentar el juicio de quienes esperaban otra cosa de mí.

Ahí murió una versión de mí. Murió la que se culpaba por no encajar. Murió la que creía que perseverar a cualquier costo era virtud. Y con ella murió también esa versión endurecida, herida, exhausta que Caracas fue tallando en mí durante todos esos años.

La sociología me dio después el nombre para lo que había vivido. Pierre Bourdieu lo llamaría una ruptura con el habitus, ese sistema de disposiciones y expectativas que absorbemos sin elegir y que moldea lo que creemos posible, deseable, correcto. Yo no tenía ese vocabulario cuando lo viví. Pero lo sentí en el cuerpo como solo se sienten las verdades que no pueden seguir siendo ignoradas.

UCV - Derecho Aceptar
Universidad Central de Venezuela – Caracas.

El Parque, los Animales y el Descubrimiento de un Lugar

Cuando solté Derecho, algo extraordinario se abrió. Y en ese espacio que dejó la abogacía que abandoné, apareció un trabajo que no buscaba de la manera en que se buscan las cosas cuando uno tiene un plan. Llegué a trabajar en un parque. Y ese lugar, literalmente, me devolvió la vida.

La naturaleza siempre ha sido mi santuario seguro, desde pequeña. Entre animales, plantas y ciclos que no dependen de ninguna agenda humana. La inteligencia silenciosa de los ecosistemas. La resiliencia asombrosa de lo que crece aunque nadie lo vea. Trabajé más horas ahí que en cualquier otro lugar que pueda recordar, y sin embargo era la primera vez que el cansancio no se sentía como una derrota, sino como algo que valía la pena cada esfuerzo.

Aprendí observando. Aprendí cuidando. Aprendí respetando formas de vida que no hablan mi idioma. Incluso aprendí enfrentando mis propias contradicciones, porque también convivía ahí con el malestar que me generaba el cautiverio animal, esa tensión entre el amor por lo que hacía y el cuestionamiento ético de ciertos marcos en los que ocurría. La sociología tiene mucho que decir sobre eso también: sobre cómo nuestras convicciones más profundas coexisten a veces de manera incómoda con las estructuras en las que inevitablemente participamos.

Pero también ese capítulo tuvo que cerrarse. No porque dejara de amarlo. Sino porque mi conciencia, mi salud física y mental, y la cruda realidad política de Venezuela conspiraron juntas para hacerme entender que mi tiempo ahí había terminado. Y ahí estaba otra vez esa palabra, ese músculo que la vida me ha venido ejercitando sin preguntarme si quería entrenarlo: aceptar.

Aceptar

La Política que Atraviesa Vidas, No Solo Noticieros

Venezuela no ha sido para mí un concepto abstracto ni un tema de conversación. Ha sido un protagonista directo, traumático y trascendental de mi historia. Tenía veinte años cuando hubo un punto de quiebre que dejó imágenes grabadas de una manera que el tiempo no borra. Estaba llena de sueños y me estaba enamorando de Caracas, de mi independencia, de lo que significa construirse una vida adulta con las propias manos.

Y todo se rompió.

La sociología me ayudó más tarde a entender algo que en ese momento solo podía sentir como una injusticia difusa: que nuestras vidas están atravesadas por estructuras muchísimo más grandes que nosotros. Que el mérito existe, sí, pero nunca ocurre en el vacío. Que hay contextos que te empujan hacia arriba y contextos que te aplanan aunque seas brillante, aunque te esfuerces sin descanso, aunque hagas todo bien. Yo fui una niña de excelencia académica. Y tuve que aceptar que esa identidad no era sostenible en ese contexto específico, en ese momento histórico específico, en ese sistema específico. Y entender eso no me hizo rendirme. Me hizo más consciente. Más compasiva conmigo. Menos brutal en la forma de juzgarme cuando las cosas no salían como yo las había planeado.

La inflación que empezó a devorar cualquier sensación de estabilidad. Los múltiples trabajos que no alcanzaban para garantizar bienestar. La certeza ineludible que tardé en aceptar de que el país que amaba no iba a mejorar pronto, o al menos no a tiempo para la versión de mí que existía entonces. Me resistí como pude. Pero la realidad siempre se impone. Y en esa rendición necesaria aprendí algo que suena sencillo pero que cuesta toda una vida: no todo depende de mí. Y hay una extraña libertad en eso que no entendí hasta que lo viví desde adentro.

Y en términos de relaciones de pareja: hoy, por primera vez en treinta y un años de vida, me siento genuinamente tranquila amando a alguien. Desde la libertad. Desde el respeto. Desde la reciprocidad. Sin el ruido de fondo del miedo a ser abandonada o de la necesidad de controlar lo que no puedo controlar. Y eso, esa calma, ese amor que no grita sino que sostiene, fue posible únicamente porque primero tuve que aceptar lo que no había funcionado antes. Primero tuve que dejar de romantizar el dolor. Primero tuve que hacer las paces con mis propias versiones que amaron desde el miedo.

Amar también es desaprender. La sociología me lo confirmó con nombre y apellido. La vida ya lo había hecho mucho antes con cicatrices.

Los Viajes de mi Infancia y la Mirada que se Aprende con el Tiempo

Mi padre fue uno de esos hombres que entienden el movimiento como forma de vivir. Durante toda mi infancia fuimos viajeros. No de esos viajes de postal, sino del tipo que te obliga a entrar en contacto real con otros modos de existir, otras formas de cocinar, de saludar, de construir comunidad, de entender el tiempo. Fue uno de los regalos más grandes que me dio y también, cuando crecí y la vida cambió, una de las cosas que más me dolió soltar.

Porque soltar ese ritmo de movimiento constante no fue fácil. Implicaba también aceptar que mi padre ya no estaba para compartirlo. Que la vida adulta tiene otras demandas. Que el mundo al que yo volvía ya no era el mismo mundo al que podíamos escaparnos juntos cuando yo era niña.

La vida adulta y la sociología transformó la forma en que hoy viajo. Me enseñaron que el mundo no se vive igual desde todas las orillas. Que lo que para mí es obvio, para otro puede ser extraño. Que lo que para alguien es libertad, para otro puede ser amenaza. Viajar con esa conciencia, mirar otros contextos sin la arrogancia de creer que el tuyo es el correcto, es una experiencia completamente diferente. Ya no viajo buscando confirmar lo que sé. Viajo para cuestionar mis propias categorías. Y eso me ha hecho más curiosa, más humana y muchísimo más empática.

Aunque extraño. Extraño mucho esos viajes de infancia. Y está bien extrañarlos. La sociología no te cura de la nostalgia. Pero te ayuda a entender de dónde viene y para qué sirve.

La Verdad Más Dolorosa y lo que Aprendí del Otro Lado

Este año acepté la verdad más difícil de todas las que he tenido que enfrentar. La vida terrenal de mi papá llegó a su fin.

Y no tengo palabras suficientemente honestas para describir lo que es atravesar ese duelo mientras intentas seguir funcionando en el mundo. Lo que sí puedo decirte es que en medio de ese dolor, en algún momento que no sé identificar con exactitud, entendí algo que me cambió de una manera que todavía estoy procesando: mi condición profundamente humana frente a la inmensidad de la vida. Fue una comprensión radical, incluso dura. La de aceptar que la vida de nadie depende de mí. Que no importa cuánto ame, cuánto intente, cuánto desee, hay fuerzas que están completamente más allá de mi alcance.

Y lejos de hundirme, esa comprensión me liberó profundamente. Sacó de mí cualquier rastro de culpa que pudiera instalarse. Me permitió soltar esa necesidad de haber hecho más, de haber sido más, de haber cambiado lo que era. Aceptar la muerte de mi papá ha sido el proceso más doloroso que he atravesado en mi vida. Y sigo ahí, en ese duelo que no se cierra de golpe sino que se va integrando lentamente en quién eres. Pero también sé que de ese dolor nació una versión de mí que todavía estoy conociendo. Una que sigue duelando y que al mismo tiempo, paradójicamente, es capaz de amar de formas que jamás imaginó.

La sociología me dio lenguaje para entender que el duelo es también social, que nuestras culturas construyen rituales alrededor de la muerte por algo, que necesitamos a otros para atravesar las pérdidas. Pero lo que nadie te enseña en ninguna asignatura es cómo se siente ese primer cumpleaños después. Cómo el festejo convive con la ausencia. Cómo puedes sentir gratitud y tristeza en el mismo instante sin que una invalide a la otra.

Y está bien. Eso también lo aprendí: que las emociones no son excluyentes. Que la vida cabe entera aunque sea incómoda y contradictoria y demasiado grande para cualquier cajita de Instagram.

Lo que la Sociología me Enseñó sobre Culpas que No Eran Mías

Hay algo que los treinta y un años y varios años de sociología me han permitido ver con mucha más claridad: crecemos creyendo que todo depende únicamente del esfuerzo personal. Si no llegas, es tu culpa. Si no tienes éxito, no trabajaste suficiente. Si estás agotada, eres débil.

Pero hay dolores profundamente personales que también son sociales. La precariedad desgasta. La presión de producir agota. La desigualdad pesa. El contexto importa muchísimo más de lo que el discurso del mérito individual quiere que creamos. Y entender eso, distinguir qué es responsabilidad mía y qué es consecuencia de estructuras mucho más grandes que yo, no significa victimizarse. Significa dejar de castigarse por sobrevivir a cosas que nunca fueron individuales.

El sistema, además, ama a las personas distraídas. Eso también lo aprendí. Vivimos en una sociedad que compite constantemente por nuestra atención para que consumamos más, nos comparemos más, pensemos menos. A veces estamos tan ocupadas sobreviviendo o entreteniéndonos que dejamos de preguntarnos por qué vivimos tan cansadas, tan solas, tan ansiosas. Pensar críticamente no es cómodo. Pero también es una forma de libertad que una vez que descubres ya no puedes ni quieres dejar de ejercer.

Y las redes sociales, esas redes sociales que tanto uso y tanto disfruto y tanto cuestiono, nos vendieron durante años la idea de que tenemos que ser una escultura estética de Pinterest: emocionalmente impecables, disciplinados, productivos, con casa perfecta, trabajo soñado, gimnasio, comida instagrameable y felicidad constante. Como si sentirnos rotas, cansadas o perdidas fuera un fracaso personal. Como si la humanidad fuera algo que hay que esconder porque arruina la estética del feed.

Yo he tenido días donde me he sentido poderosa, capaz de correr un maratón. Y otros donde el maratón ha corrido por encima de mí y me ha dejado tumbada. Días donde quiero bailar, socializar, conquistar el mundo. Y otros donde simplemente quiero hibernar. Días donde me levanto antes de que salga el sol con toda la alegría. Y otros donde el atardecer me derrumba entre saudades y dolor. Y está bien. Todo eso cabe. Toda esa irregularidad es, precisamente, lo que significa estar viva.

31 Años: Más Preguntas que Respuestas, y una Mirada Nueva

Cumplo 31 años con más preguntas que certezas. Con más conciencia de todo lo que no sé que cuando tenía veinte y creía entender bastante. Pero también con algo que antes no tenía: una mirada. Más suave conmigo misma. Más crítica con las estructuras. Más abierta a los otros. Más honesta sobre mis contradicciones.

La sociología no me dio respuestas definitivas. Me dio algo mejor: herramientas poderosas para formular mejores preguntas. Me enseñó que no todo es individual, que no todo depende de mí, que no todo tiene que ser controlado. Que la identidad se construye y se puede reconstruir. Que el amor tiene historia y que desaprender también es una forma de crecer. Que el mérito existe pero nunca en el vacío. Que el mundo se vive diferente desde distintas orillas y que entender eso, de verdad entenderlo, te hace más humana.

Y me enseñó, sobre todo, lo que la vida venía intentando decirme desde mucho antes de que yo tuviera el vocabulario para escucharla: que aceptar no es rendirse. Que aceptar es, quizás, una de las formas más honestas y más valientes de habitar la vida. Que a veces la verdadera transformación comienza exactamente cuando dejamos de resistirnos a lo que ya es.

Yo todavía estoy aprendiendo. A los 31, con el duelo por mi papá vivo, con una identidad que sigue integrándose, con un amor que por primera vez no me asusta, con una mirada sociológica que ya no puedo quitarme aunque quisiera.

Y honestamente, no querría que fuera de otra forma.

¡Feliz cumpleaños para mí!

Muchas gracias por leerme hasta el final, ¿Te resonó algo de lo que leíste?

Cuéntame en los comentarios qué es lo que tú más has tenido que aprender a aceptar. ¡Me encanta leerte!

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